Vivimos en sociedades cada vez más diversas: comunidades con múltiples lenguas, costumbres, religiones, formas de vida, modos de entender el tiempo, el trabajo o la autoridad. En este escenario, facilitar procesos grupales se vuelve mucho más que guiar una conversación: es entrar en un cruce de culturas.
Cuando se trabaja en planificación de proyectos —ya sea a nivel comunitario, educativo, territorial o institucional—, la multiculturalidad no es un “dato anecdótico”: es una condición clave para el éxito o el fracaso del proceso.
Entonces, ¿cómo puede un/a facilitador/a abordar este desafío con sensibilidad, inteligencia y eficacia? Aquí te comparto algunas ideas clave.
1. Reconocer que “el grupo” no es homogéneo
Parece obvio, pero muchas veces se cae en la trampa de diseñar espacios como si todas las personas compartieran una misma lógica, idioma, historia o manera de participar.
👉 Algunos se sienten cómodos hablando en público.
👉 Otros prefieren el silencio o los símbolos.
👉 Algunas culturas valoran el consenso, otras el debate.
👉 Para algunas personas, llegar tarde es descuido; para otras, es lo habitual.
Primera clave: no asumir, sino explorar. Observar, preguntar, escuchar antes de proponer.
2. Adaptar las metodologías con flexibilidad cultural
Muchas herramientas de facilitación vienen de tradiciones culturales específicas (sobre todo de países del norte global). Aplicarlas tal cual, sin adaptar, puede generar distancia o incluso exclusión.
¿Qué se puede hacer?
✅ Traducir dinámicas a los lenguajes locales.
✅ Usar elementos simbólicos, visuales o corporales si el grupo lo valora.
✅ Abrir el espacio para que los propios participantes propongan formas de participación.
✅ Permitir formas de expresión no verbales: canciones, dibujos, relatos, silencios.
Facilitar no es imponer un método, sino co-crear uno que funcione para ese grupo real.
3. Prestar atención a las relaciones de poder dentro de la diversidad
No todo grupo multicultural es armónico. A veces hay historias de discriminación, desigualdad, colonialismo o tensiones interétnicas que siguen presentes. Si no se atienden, pueden bloquear el proceso o hacerlo superficial.
El rol del facilitador es cuidar:
🔸 Que nadie quede silenciado.
🔸 Que el grupo no reproduzca jerarquías dañinas.
🔸 Que se aborden, cuando sea posible, las tensiones culturales con respeto.
No siempre se pueden resolver, pero se pueden nombrar, visibilizar y trabajar desde la empatía.
4. Incluir mediadores culturales o aliados del territorio
Un buen facilitador sabe cuándo necesita apoyo. Incluir a personas del grupo que tengan legitimidad en distintas culturas, que hablen los idiomas presentes, o que puedan “traducir” códigos, es fundamental.
Estas personas son puentes vivos que permiten que el proceso fluya de manera más profunda y auténtica.
5. Diseñar proyectos desde la diversidad, no solo para la diversidad
Un error común es querer “incluir” a personas de distintas culturas sin cambiar la estructura del proyecto. Eso no es participación real.
Participar no es solo opinar: es incidir en la visión, en los objetivos, en la forma.
La pregunta no es solo “cómo los incluimos”, sino “cómo su mirada transforma el proyecto”.
Conclusión: facilitar con humildad cultural
Facilitar en contextos multiculturales implica ir más lento, abrir más preguntas, revisar nuestros propios sesgos, y dejar espacio a lo inesperado.
Pero también permite construir proyectos más ricos, más sostenibles y más verdaderamente participativos.
Porque cuando se reconoce y se celebra la diversidad, el grupo no solo se organiza: se transforma.



