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Facilitacion de procesos participativos en planficación de proyectos, capacitación de equipos y alianzas de cooperación

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Cuando hablamos de participación, solemos pensar en las personas, en los contenidos o en las metodologías. Pero hay un elemento que muchas veces se subestima y que influye profundamente en la calidad del proceso: el espacio físico donde sucede.

Ya sea un salón comunal, una escuela, un centro cultural o una oficina pública adaptada, el entorno donde se realiza un taller o reunión grupal puede habilitar o bloquear la participación. Porque el espacio no es neutro: comunica, ordena, jerarquiza, contiene… o expulsa.

En este artículo te comparto por qué es tan importante cuidar este aspecto, qué desafíos suelen surgir y cómo abordarlos desde la facilitación.


1. El espacio habla (y a veces grita)

Una sala con filas de sillas mirando al frente ya nos está diciendo algo: “acá alguien va a hablar, y el resto escucha”.
Una mesa redonda invita a conversar.
Un salón frío, oscuro y con eco desalienta la permanencia.
Una sala donde no hay dónde sentarse, ni baño accesible, ni agua, ni luz, genera incomodidad, dispersión o rechazo.

Lo físico condiciona lo emocional y lo cognitivo. Un espacio mal diseñado puede bloquear la creatividad, limitar la participación y generar desigualdades.


2. Desafíos comunes en espacios de trabajo participativo

a) Espacios rígidos
Aulas o salas que no permiten mover el mobiliario dificultan el trabajo en grupos, el uso de materiales o la creación de dinámicas participativas.

b) Falta de accesibilidad
Espacios con escaleras, sin baños adaptados, sin ventilación, sin señalética o con mala acústica afectan la inclusión de personas con movilidad reducida, adultos mayores, niños o personas con discapacidad auditiva o visual.

c) Ambientes poco cuidados o poco apropiados
Salas sucias, mal iluminadas, con ruidos constantes o sin privacidad generan incomodidad, distracción y sensación de improvisación. También pueden comunicar que el proceso “no es tan importante”.

d) Falta de infraestructura básica
No tener papel, marcador, rotafolio, enchufes, conexión a internet o espacios para dejar pertenencias limita mucho las posibilidades de dinamizar y registrar el trabajo colectivo.


3. Abordajes posibles desde la facilitación

✔ Rediseñar el espacio, aunque sea mínimo
Mover las sillas, usar el suelo, abrir las ventanas, colocar carteles o usar colores ya puede transformar la energía del grupo. La creatividad ayuda cuando el presupuesto o la infraestructura es limitada.

✔ Cuidar los detalles que generan bienestar
Agua, café, una música suave de fondo al inicio, una bienvenida cálida, buena ventilación o luz natural hacen la diferencia. Participar también es un acto corporal y emocional.

✔ Anticipar y adaptar
Antes de cada encuentro, visitar el espacio y planificar posibles ajustes. Si no es posible modificar el lugar, adaptar la dinámica. No todos los talleres caben en todos los salones, y forzarlos puede salir mal.

✔ Involucrar al grupo en el uso del espacio
A veces, habilitar al propio grupo para transformar el espacio (mover mesas, decorar, elegir el lugar de cada actividad) genera mayor apropiación, corresponsabilidad y conexión con el proceso.

✔ Tener siempre un “plan B”
Por si llueve, por si no funciona el proyector, por si llega más gente de la esperada o por si se corta la luz. La flexibilidad es parte esencial de la facilitación.


Conclusión: un buen espacio no garantiza participación, pero uno malo sí puede impedirla

Los procesos grupales no ocurren en el vacío. Ocurren en espacios que pueden ser cómodos o incómodos, amigables o excluyentes, motivadores o agobiantes. Por eso, el espacio es parte del proceso.

Como facilitadores, no solo diseñamos dinámicas: también diseñamos ambientes.
Y cuando logramos que el espacio se convierta en un aliado, la participación florece con más fuerza y naturalidad.